Copos de nieve hechos de periódico y el soborno para Papá Noel

De cara a las fiestas que se están aproximando, la entrada de esta semana será un reportaje mío, redactado el mes de diciembre del año pasado, que trata el tema del ambiente navideño en Serbia; el reportaje optaba al “Premio TintaLibre para jóvenes periodistas“, sin llegar a ser galardonado. ¡Felices fiestas y buena lectura!

periodista serbia

Stasa Durdic, periodista

Pese a que todavía no se ha hecho de noche, no consigo ver mucha cosa caminando con cuidado por una de las calles. Hasta el momento me crucé con sólo dos personas cuyos comentarios en relación con la densidad de la niebla y el tiempo a comienzos de diciembre oí antes de encontrarme con ellos. En una mano llevo la grabadora de sonido, mientras con la otra estoy sacando mi teléfono móvil del bolsillo del anorak. No me llamaron, digo en voz alta, pensando en mis padres con los que había dejado los hijos. Supongo que todo estará bien, pronuncio de nuevo, tratando de vislumbrar los números de las viviendas. El número trece es el que necesito encontrar.

Después de unos minutos de silencio, llego a la puerta donde, al lado de dicho número, se halla la advertencia Cuidado, que muerde y la imagen de un perro. Sin embargo, a pesar de que la puerta no está cerrada con llave, estoy dudando si entrar ya que no visualizo ningún timbre cuyo sonido anunciaría mi llegada. Al final decido atreverme al oír unos pasos provenientes del jardín. Resulta que es justo la persona que busco, Đorđe.

Como veo entretanto me aproximo a él, Đorđe lleva un par de troncos de madera entre sus brazos mientras, encorvado e iluminado con la luz de la única bombilla en el jardín, se está acercando a la puerta de la casa. Pero de repente, se gira hacia mí – supongo que ha escuchado mis pasos – me saluda e informa, señalando la puerta, que todos me esperan.

Le cedo el paso mientras con la mano libre sostengo el pomo. De inmediato, Đorđe deja los troncos al lado de un fogón y, con las palabras de que ha llegado la hija de su antiguo jefe, me presenta a su esposa y a la nieta. Ésta es la nieta mayor, tiene seis años, me explica cerrando la puerta.

Por su parte, la mujer me da la bienvenida a su hogar y, tendiéndome la mano, dirige su mirada hacia la mesa colocada en el centro del comedor y con un gesto de cabeza me invita a sentar en una de las sillas donde ya me estaba esperando Đorđe.

En cuanto me senté, Đorđe ofrece a que Svetlana – así se llama la esposa – nos prepare un café. Acepto inmediatamente ya que, teniendo en mente mis padres cuidando a mi hijo de 2 años y mi hija de 2 meses, no quiero perder el tiempo; Svetlana asiente y se dirige hacia el fogón.

“A ver si he entendido bien, ¿a ti te interesa el ambiente navideño de nuestra casa?” – me pregunta Đorđe. Sin embargo, gracias a que su pregunta viene acompañada con un sonido de la apertura de los cajones de fondo, ambos giramos la cabeza hacia el origen del sonido y contemplamos a su nieta buscando algo. “Un momento, por favor, voy a ver que es lo que necesita la pequeña, sírvete tú misma,” añade, señalando al plato cuyo borde está decorado con motivos florales y en el que se hallan unas cuantas manzanas.

Al lado del plato, me fijo, hay un diario serbio. En su portada, la noticia acerca del cierre del proyecto de construcción del gasoducto South Stream a través del cual el gas de Rusia llegaría a varios estados de la Unión Europa pasando, entre otros países, por Serbia; según las primeras lineas del texto, Serbia se ve bastante afectada con dichas circunstancias nuevas. “Una noticia perfecta para ser eliminada del periódico,” dice Đorđe de vuelta al echar un vistazo a la misma. De inmediato se dirige a su nieta: “Adelante, cariño, corta, corta”.

Acto seguido, la nieta se acomoda en la silla junto a la mía dejando unas tijeras voluminosas sobre la mesa. A continuación, coge la primera página, la pliega 4 o 5 veces y luego con las tijeras corta figuras geométricas en los pliegues. Eso me trae a mí recuerdos de mi propia infancia – yo jugaba de la misma manera cuando tenía más o menos su edad – y un interés extra por lo que está haciendo: “¿Pero dónde aprendiste a hacer copos de nieve?” “En el parvulario, allí los cortábamos de papel blanco y los pegábamos a las ventanas. Como si fuera nieve de verdad,” narra sin quitar la mirada de los copos.

No obstante, con la mención de la nieve, Đorđe me informa de que anunciaron una gran cantidad de nieve este invierno. No sabe cómo la gente sobrevivirá a eso. Además de que el gas es caro, por lo que está leyendo, la inestabilidad política ucraniana y el abandono de la construcción del South Stream también ponen en cuestión su distribución a Serbia. Por suerte, a Svetlana y a él eso no les afecta, ellos calientan la casa prendiendo fuego en su fogón llamado Smederevac.

No se lo digo, pero sé que el fogón éste también sirve como una estufa gracias a que emite una gran cantidad de calor. De hecho, un modelo similar al de Đorđe lo tenía mi abuela, así que muchas veces tuve la oportunidad de calentarme las manos en él cuando era una niña. Bien que, al pensar en mí como una niña, me dirijo a la niña de mi lado: “¿Y vas a decorar las ventanas de los abuelos con tus copos de nieve?” “Sí, porque ellos no tienen un árbol de Navidad,” me responde y continúa con su trabajo.

La niña tiene razón, en la sala de estar no se ve ningún árbol. Sin embargo, el sofá colocado al lado de la única ventana, el armario en una esquina, la máquina de coser en la otra, junto al Smederevac y la mesa con cuatro sillas, tampoco deja espacio para poner uno. En fondo, se trata de sala de estar perteneciente a una tal llamada casa auxiliar, la que se construye en una parte del jardín y, durante las últimas dos décadas, normalmente alquila. Yo estuve en varias a mediados de los años 90 gracias a los cumpleaños de los niños procedentes de determinadas partes de la antigua Yugoslavia, especialmente de Bosnia y Herzegovina y de Croacia, que se unían a mi clase escolar al llegar al país debido a las Guerras de Yugoslavia.

Recordando las Guerras, me fijo en una de las páginas interiores del periódico cuyo contenido, debido al arranque de hojas por parte de la niña, se hace visible. Al mismo tiempo, mi atención recae en un reportaje sobre el político serbio Vojislav Šešelj quien, después de 12 años de un proceso del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, hace unas semanas volvió al estado. A Đorđe esto no se le escapa. Le interesa qué digo yo en cuanto al hecho de que “Šešelj de nuevo está en libertad”. “¿En libertad? Pero no sería eso una libertad temporal debido a su mala salud,” pregunto, pensando en el hecho de que sufre de cáncer de colon e hígado.

“Pues yo también llegué aquí en 1995 para quedarme temporalmente. Y ya ves, esa temporalidad mía perdura casi 20 años,” me cuenta sacando del bolsillo del pantalón su cartera y de ella un papel de cartulina. Se trata de una legitimación en la que, justo al lado de su nombre y apellido, se halla el estatus que posee en Serbia – el de refugiado – mientras por encima del nombre está la foto a través de la cual es posible ver la huella que los años dejaron en su rostro. A continuación, en el documento se nombra su lugar de nacimiento – Vinkovci – un pueblo croata de algo más de 35.000 habitantes y unos 65 kilómetros alejado de mi pueblo, Bačka Palanka, en el que reside hoy en día. Además, la dirección, diferente de la actual, señalo en voz alta y recibo la explicación de que es muy probable que ésta también será temporal porque el precio del alquiler cada vez se ve menos aceptable.

Sobre lo último, sin embargo, no sé qué decir. Afortunadamente, Đorđe no tarda en romper el silencio: “¿Al final no has cogido ninguna manzana?”

En ese momento llega Svetlana trayéndonos los cafés. “Voy a tomar una tan pronto como acabe el café,” le prometo a Đorđe que me está asintiendo con la cabeza y continua con su historia.

Ahora no tiene empleo, señala, mientras el precio del alquiler sube con la subida de precios en general, pero todavía consiguen sobrevivir vendiendo distintos productos de cultivo o elaboración propia. Las flores de su jardín, por ejemplo, son lo que tiene más éxito en primavera – Svetlana adora las flores, me dice apuntando al borde del plato en el que están las manzanas – en verano tomates y en esta época del año zumos de tomate. Los prepara Svetlana en ese mismo Smederevac a finales de verano cuando normalmente hace bastante calor, por lo que tienen que sacarlo de casa para que su uso no caliente la sala de estar, o sea la cocina. A parte, la gente le conoce, lo que facilita una venta relativamente estable y alguna moneda de sobra para, guiñando a la nieta, ya se sabe para quién.

Me vuelvo a la niña y veo que en su rostro aparece una amplia sonrisa mientras levanta la cabeza de sus copos de nieve y exclama: “¡Para Papá Noel! ¡Que sí, que sí, sobornarás a Papá Noel!”

Con la mención de Papá Noel, Đorđe comienza a acordarse de la época socialista a partir de mediados de los años 70 y los años 80 del siglo pasado cuando trabajaba en una fábrica en su pueblo natal. Durante esos años, me narra, a los trabajadores les salía gratis la visita de Papá Noel ya que los sindicatos se encargaban de pagarle para que viniese un día a finales de diciembre a empresas estatales de la época. Así, ese mismo día, al salir del trabajo, los padres llevaban a los hijos a sus empresas donde, además de Papá Noel, les esperaba algo para picar, un árbol de Navidad decorado, tal y como regalos para los niños pero, hace hincapié, de escaso valor. “Ésas sí que eran unas décadas buenas, no sé si sabes, pero entonces nos pagaban incluso el decimotercer salario,” suspira, mientras a mi me viene en mente un posible título para mi reportaje. Ya no hay decimotercer salario en el número 13.

“Actualmente, sin embargo, no sólo que los regalos son más caros y los apetitos infantiles más grandes, sino Papá Noel incluso comenzó a visitar casas particulares. ¿Pero quién en Serbia se lo puede permitir, a no ser que le soborne para que por un precio más bajo al habitual tenga en cuenta a los más jóvenes de su hogar?”

Me pongo de acuerdo con Đorđe mientras tomo el último sorbo de café. A continuación les doy las gracias a los tres por su hospitalidad y explico que me tengo que ir, los niños ya llevan un buen rato sin mi. Đorđe se ve sorprendido con mi ida, señalando que apenas hablábamos de lo que tocaba. Al responderle que ya tengo lo que necesitaba, se encoge de hombros, lo que me proporcionó la impresión de quedarse convencido de que me voy sin ningún tipo de material para el reportaje.

Pero antes de salir, aprovecho la oportunidad y cojo una manzana. Al mismo tiempo, Svetlana me agarra el hombro y pide que le informe a mi madre acerca de una gran cantidad de plántulas de flores para la venta, si necesita algunas para la primavera. Prometo hacerlo saliendo a la calle y dándome cuenta de que la niebla no ha desaparecido, pero sí que se ha hecho de noche.

El invierno ha llegado antes de lo que marcó el calendario, reflexiono en silencio entretanto por mi cabeza se cierne la pregunta de cómo es posible que una niña tan pequeña utilice correctamente el término “soborno”. Bien que, a pesar de la importancia del asunto relacionado con el gas ruso, me parece que este diciembre destacará entre otros por una cosa distinta. Dicho de otro modo, me parece una suerte que Papá Noel traiga los regalos en invierno en vez de, por ejemplo, en primavera, ya que en primavera podría llegar a confundir la casa de Đorđe con tantas otras rodeadas de flores. Por lo tanto, dudo que la encontraría. Pero no hay ninguna duda de que esta casa será la única casa serbia cuyas ventanas durante estas fiestas estarán adornadas con copos de nieve hechos de periódicos. Aunque, aún queda por ver si la cantidad de dinero que Đorđe tendrá que dejar de lado para “sobornar” a Papá Noel será suficiente para que éste sienta el calor de su Smederevac.

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3 pensamientos en “Copos de nieve hechos de periódico y el soborno para Papá Noel

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