Isadora Duncan, Karl Marx y Max Factor

Además, durante los años que siguieron, los mismos líderes comunistas de la URSS, por su parte, han mostrado que disfrutaban del maquillaje, especialmente del de color rojo. Los únicos que durante décadas se quedaron sin maquillaje fueron los proletarios soviéticos. Tal vez por eso, su rostro parecía tan infeliz durante tanto tiempo.

periodista de origen serbio

Stasa Durdic, periodista

Hace tiempo, mientras pensaba cómo optimizar este blog – KARL MA(R)X FACTOR en Balcanes Occidentales – para los motores de búsqueda, una de las ideas que tuve fue cambiar por completo su título. La razón de esa idea se hallaba en la impresión que tuve, y todavía tengo, acerca de lo difícil que es entender el exacto significado de dicho título. En otras palabras, es posible que uno no capte a primera vista mi intención de tratar temas políticos que provienen de los Balcanes Occidentales, especialmente de Serbia, durante su transición de la época comunista y socialista – la época de Karl Marx – a la época del capitalismo, es decir la de Max Factor. Sin embargo, la idea todavía no la he aplicado, y la “culpable” de esto es una persona que, de nuevo a primera vista, apenas podía relacionarse con la temática de mi blog. Se trata de la bailarina y coreógrafa estadounidense, Isadora Duncan.

De hecho, mi admiración por lo que representaba Isadora Duncan data de hace unos años, cuando empecé a leer (auto)biografías de ciertas personas famosas. En aquel momento, me autoregalé la autobiografía de esta bailarina cuya primera publicación fue emitida justo el año que Isadora  trágicamente falleció. Sin embargo, a pesar de que, gracias a la prensa,  la forma en que Duncan perdió la vida – el pañuelo que llevaba al cuello se introdujo en una rueda del coche en el que se encontraba y la estranguló – hizo eco a lo largo del mundo en 1927, algunos otros acontecimientos relacionados con la vida privada de Isadora Duncan, en mi opinión, merecen mucho más interés, y no sólo de los medios de comunicación, sino en general.

Uno de esos acontecimientos es, por ejemplo, la lucha de Isadora para escapar de la pobreza que marcó su niñez y la infancia en los Estados Unidos, aparte del esfuerzo invertido en la superación del  ahogamiento de sus dos hijos el año 1913 en París, así como su actitud hacia la Gran Guerra, la cual experimentó en Francia. Y, por supuesto, su entusiasmo por el comunismo, la ideología que a esta renombrada bailarina la llevó a la Unión Soviética, donde pasó unos años y se casó con el famoso poeta Serguéi Esenin, la única vez en su vida.

No obstante, unos años antes del traslado de Isadora a la actual Rusia, entretanto todavía bailaba con confianza en los escenarios europeos más prestigiosos, un “fantasma” consiguió su primer triunfo en el Viejo mundo. Se trataba del “fantasma del comunismo” que, después de casi un siglo de “recorrer Europa”, juzgando por el Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels (1848), comenzó a realizarse como sistema político-económico en la llamada “Nueva Europa” gracias a la Revolución de Octubre, erigida en 1917 en la URSS. Y ya sea por considerar las ideas comunistas particularmente modernas e innovadoras, o por alguna otra razón, esta creadora de la danza moderna en un momento comenzó a desear trasladar sus bailes a esta Europa. Por lo tanto, cinco años después del estallido de la revolución, Isadora Duncan se dirigió hacia la URSS, acontecimiento con el que acaba su autobiografía titulada Mi vida.

Y, cosa que suele ocurrir cuando se trata de los finales de los libros, este final también dejó una fuerte impresión en mí.  Así que, al acabar la lectura de la autobiografía de Isadora Duncan, me quedé muy conmovida por sus preparativos para el viaje a la URSS, durante las que se deshizo de todas sus joyas y maquillaje, deseando no ponerse elegante y no usar maquillaje nunca más, con ganas de vivir tal y como los proletarios soviéticos. La vida bajo el comunismo como una vida sin maquillaje. Una idea curiosa, ¿no es así?

Bien que, a pesar de que con el traslado acabó la autobiografía de Isadora Duncan, su vida todavía no se había completado. Justo lo contrario, pasaron muchos acontecimientos más en su vida, entre otros, su regreso a Francia, al capitalismo, donde hasta la muerte utilizó el maquillaje, pero sólo en la medida que su crónica mala situación financiera le permitía. Además, durante los años que siguieron, los mismos líderes comunistas de la URSS, por su parte, mostraron su disfrute del maquillaje, especialmente del de color rojo. Los únicos que durante décadas se quedaron sin maquillaje eran los proletarios soviéticos. Tal vez por eso, su rostro parecía tan infeliz durante tanto tiempo.

Tal vez por eso, o quizás porque han caído en la “trampa fáustica” y todos como uno – “¡Proletarios de todos los países, uníos!” – en un momento hicieron un pacto con el diablo, es decir, vendieron el alma por la idea. No sé cuál es la razón, pero lo que sé es que, casi un siglo después de la Revolución de Octubre, yo también tengo la intención de dejar de usar maquillaje. No porque pertenezco al proletariado de ningún país, sino ya que formo parte de una clase – la clase de jóvenes universitarios – mucho más reciente y moderno, aunque todavía comparable con la del proletariado. Una clase para la que el maquillaje se está convirtiendo en un lujo. El precariado.

Bien que, en el tema del precariado me centraré en otra ocasión y en otro texto cuyo final podría coincidir con la siguiente llamada: “!Precarios de todos los países, uníos!” Este comentario, sin embargo, sólo puede acabar invitándote a ver que entre el comunismo y (una marca de) maquillaje, o sea entre Karl Marx y Max Factor, hay una conexión. Una relación quizás no obvia, pero indudable y fuerte, revelada por Isadora Duncan en los últimos párrafos de su autobiografía.

Por cierto, acabo de tomar la decisión. El título de este blog seguirá siendo tal y como es. Gracias a Isadora Duncan.

¿Existe algún otro acontecimiento de la vida de Isadora Duncan que llame tu atención?

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